

Segundo: Un foráneo de los que viven en metrópolis perdidas llenas de cosmopolitismo hace una pregunta muy simple que encierra, consciente o inconscientemente, toda la verdad sobre las letras en Salamanca. "¿Conoces a algún escritor salmantino importante?". ¿Qué, cómo se os queda el cuerpo...? Vacío, como a nosotros, como si se nos cayera la manzana newtoniana en la mollera. Ah, sí, bueno, está Carmen Martín Gaite (muerta), Manuel Fernández Álvarez (muerto), Luciano Egido (como si lo estuviera), Unamuno (NO era salmantino), Fernando de Rojas (NO era salmantino)... Colinas (leonés). Reconocemos que nunca antes nos habíamos parado a pensarlo, pero es cierto, Salamanca presume de literatura sin tenerla, vive de la leyenda de Calisto, Melibea y de la señora Celestina, del corte de mangas metafórico de Unamuno, de Universidad y de todo lo demás, pero no, no hay escritores importantes. Sirva pues para darnos cuenta de que una ciudad que presume de cultura no genera tal cosa, y mejor no hablar del campo teatral, abonado de grupos que no arriesgan o se contentan con vivir de la limosna del poder cultural municipal. Sin riesgo no hay gloria, y si alguien conoce a un escritor salmantino de renombre, que nos lo haga saber, pero ojo, no valen milos blancos, sólo buenos escritores con carrera.
1 comentario:
Es que en realidad Salamanca más que cultural, es patrimonial. Tiene un legado artístico monumental de enorme valor, pero proviene de siglos pasados. Una herencia que oculta un evidente vacío presente. Media España organiza festivales de cine, algunos de enorme calidad (Donosti, Valladolid, Sitges... hasta Medina del Campo), mientras aquí no hay ni rastro de una iniciativa similar. El DA2 parece un objeto extraño para los vecinos frente al apego de León por el MUSAC o, en menor medida, de Valladolid por el Patio Herreriano. De teatro casi mejor ni hablar, con uno semiderruido como mejor ejemplo de cómo entienden algunos la cultura a orillas del Tormes. Y llega el Fácyl, y algunos todavía lo ven como una propuesta molesta en Salamanca. Pues sí, esta ciudad vive de la fama cultural, pero la realidad es bien distinta, como para que salgan escritores de enjundia. Dominan más los adoradores de los antigarzones que los defensores del juez.
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