martes, 23 de noviembre de 2010

Nuremberg

Durante siglos Nuremberg fue una de las ciudades culturales de Europa, de los centros artísticos más importantes, especialmente ligada a la música y al desmesurado (y beneficioso) poder de los gremios. Fue, con diferencia, una urbe mucho más importante que Munich o los grandes centros nacidos al calor posterior de la revolución industrial en el rico sur germano. Además, tuvo un papel destacado en la forja de los usos musicales tradicionales de Centroeuropa que luego pasarían a la música sinfónica; casi podría decirse que sin Nuremberg no hubiera existido Wagner, por poner un ejemplo. Una ciudad medieval, próspera, culta y todo lo feliz que se puede ser viviendo en una ciudad de cultura (de verdad, no como otras…). 


Hasta que la locura llegó y se convirtió en el epicentro del nacionalsocialismo, en el escenario predilecto de las grandes concentraciones nazis, uno de los platós al aire libre en los que Riefenstahl filmó el horror estético. Curiosamente nunca fue tomada por los Aliados, se rindió cuando el dictador decidió escapar por la vía rápida de una bala y una pastilla de cianuro. Quizás por eso la eligieron como escenario de otra película igual de contundente: el primer juicio internacional por crímenes contra la Humanidad. Se han cumplido 65 años y en Nuremberg los alemanes, con su habitual manía por la expiación, han montado una gran exposición con documentación y objetos e aquellos años. El mismo día que murió Franco se conmemoraban los 30 años de aquellos juicios; otra forma de justicia poética. 

Estas seis décadas y pico han dado para que haya toda una tradición jurídica de caza y captura del déspota común (y una película de Stanley Kramer con dos Oscar), pero una y otra vez los gobiernos y grupos de presión han evitado que sean juzgados muchos. Pinochet se escapó; Videla y compañía siguen ahí, purgando, pero no terminan de meterles mano a todos, y algunos ya han muerto. Es más fácil meter en una celda de La Haya a un dictador africano que a Putin o Bush, por ejemplo; esos se salvarán, pero no para la Historia. Queda el recuerdo y la idea de que ningún bastardo despótico debe quedar sin castigo: Castro se escapará, igual que los jefes del Partido Comunista chino. Pero otros no podrán volar. Sólo por eso merece la pena el tesón y el recuerdo. Quizás así Nuremberg pueda volver a ser la ciudad de la música y los gremios.

 

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