Decía Voltaire: "Si ve usted saltar a un banquero por la ventana, sígale porque seguro que abajo hay negocio". Una de las razones por las que el sistema financiero anglosajón (el que tenemos todos, nos guste o no) se desbocó y nos llevó a la crisis actual fue el pago de dividendos: los ejecutivos se repartían cantidades inmensas de dinero, por encima de los beneficios de la propia entidad. Ese dinero no se reinvertía en el sistema, era desperdiciado en lujos. En la próxima reunión del G-20 de esta semana, los gobiernos del mundo industrializado (y no tanto, pero que por volumen demográfico cuentan algo) debatirán cómo hacer algo más espartana y estoica la vida financiera, para evitar los excesos suicidas de los hombres de traje y corbata, que como los jueces, son menos inteligentes de lo que suponemos y mucho más necios de lo que nos gustaría pensar. EEUU y Europa coinciden en el diagnóstico del tumor, pero no se ponen de acuerdo en cómo solucionar el problema. Como señala David Fernández en 'El País', "en los bancos que fueron rescatados con dinero público se han impuesto límites (si bien temporales, hasta que devuelvan los fondos) en las retribuciones. La cuestión ahora es si se debe extrapolar estos sistemas al conjunto del sistema".Puede que toda la ola de indignación estatal y popular contra el capitalismo más salvaje, totalmente justificada por haber jugado con el dinero de los clientes de forma tan imprudente, puede caer en saco roto. Es sencillo: durante estos años el sistema financiero se valió del endeudamiento como motor de beneficios. Una persona hipoteca su casa para consumir y darle vidilla a la economía; el valor de esa casa es una cantidad de dinero fija, irreal pero disponible, para que el banco pueda hacer una buena cartera de inversiones en empresas y negocios. Básicamente, dinero invisible y ficticio, que sólo era un número en un ordenador. Cuando de repente el endeudamiento tocó techo, y hubo que empezar a devolver ese valor, los bancos no tenían fondos reales y todo se fue al garete (Lehman Brothers y Merrill Lynch incluidos). Una maniobra extrema convertida en algo habitual se convirtió en una trampa.
PD: ¿veis cómo al final siempre hace falta el Estado, pequeños anarcocapitalistas? No hay mucha distancia entre los porreros de Christiania en Dinamarca y los orondos jew & wasp de Wall Street.





La razón es obvia: hay menos dinero, menos exposiciones, más tiempo de muestra para poder rentabilizarlas. Eso, y el recurso a los artistas locales (más baratos, salvo Marty), son las señales de que el sistema ha metido la hebilla un poco más. Y seguirá así hasta que la bonanza vuelva, pero no se hagan ilusiones. Salamanca no da con la llave para universalizar su oferta cultural, en manos públicas en un 90%: por enésima vez, hace falta dinero privado, inversores, expertos en gestión de la industria cultural que se las ingenien para sacar adelante algo más que no sea el manido teatro de calle de poco calado y el prototípico ciclo de teatro o cine. Hacen falta festivales integrales que supongan una salida lúdica, donde la cultura entre por los ojos y consiga, ahora sí, que Salamanca haga suyo ese invento. El Festival de las Artes se ha hundido por esa falta de feeling, pero claro, es que tener química con una población con gustos tan bajos y poco arriesgados... ¿Será verdad eso que dijeron en Radio Salamanca de "bienvenidos a Paletolandia"? Lisa Simpson tenía razón: es una oportunidad única, cuando todo se desmorona.
















