Avanza como un huracán, como una ciclogénesis de nuevo cuño, el juicio sumarísimo del pueblo. Como si Ortega y Gasset entrar en bucle en cada cabeza, todos a una remando para aplastar la cultura. Sobre todo el cine español, al que nunca hemos quitado méritos artístico pero sí organizativos. Quién nos iba a decir que leer a Luis María Ansón en ‘El Cultural’ iba a reflejar tan bien lo que muchos opinamos. Escribe como una gran espiral que desde lo difuso se concentra en lo obvio, creando una figura con las palabras que llega a un buen puerto. Más o menos digno, pero esa es otra historia.

Recomendación del último número: mientras la mayoría aplasta los gustos del resto, sólo unos pocos ven cultura y arte donde lo hay. Existe, siempre ha existido, una columna de resistentes abnegados que odian fieramente cualquier tipo de vanguardia. Es lo que una vez nos dijo un artista: hay gente que se quedó anclada en la figuración de Entreguerras y aquí paz y después gloria. Ante la duda entre el arte y el artificio, suelen optar, por defecto, en un 99% de los casos, por lo segundo, por lo que convierten en peste, mentira, fraude y mierda cualquier demostración de arte contemporáneo. Como en todo hay de uno y de lo otro, pero el juicio del burro siempre es infalible, inefable y tan válido como un meteorito en la cabeza: puede pasar, pero es muuuuuy improbable.
Por eso los ataques rencorosos de los “apestados, los casposos” contra la nueva creación son como la pataleta del niño. Nos dicen que, por ejemplo, Enrique Marty juega a provocar pero que eso no es arte. Vale, entonces, ¿por qué a tanta gente le transmite algo, por muy desasosegante que sea? Hasta el humano más culto del mundo puede caer en ese error, porque ya avisó Gadamer que somos el resultado de los prejuicios heredados y los creados. Para todo lo demás, la educación. Y lo imploramos, no caigáis en el mismo error. Si no lo entiende, intente saber por qué. Preguntar es tan humano como errar.


















Pero en España siempre ha existido este tópico de que la ópera es para ricos, un tic burgués que sólo demuestra que para algunos el arte y el conocimiento están por debajo de sus condicionamientos sociales. La música es universal y no admite fronteras económicas, políticas o ideológicas. Como la ópera era consumida en masa por la burguesía, como un signo de distinción artificial, las partituras y la música pasaron a ser un productor por y para ricos. Ese salto es falso, hipócrita y un error más de una izquierda que se alejó de sus raíces ilustradas para sumirse en la masificación cultural. Quien ata las artes por cuestiones políticas, como hacen PP y PSOE allí donde gobiernan, demuestra su cortedad y su mediocridad. Por eso la empresa privada es tan necesaria, para rellenar el hueco que dejan programadores y técnicos que miran la pela par acontentar gusto peregrinos en lugar de hacer pedagogía y educar. Y para botón de muestra, miren dentro del Liceo...