sábado, 19 de marzo de 2011

Todos somos fenicios, en la Academia también


No, no están borrachos, el logo de la Academia de Cine español está del revés porque es como debería estar. Sólo en España y en alguna que otra monarquía bananera (o ladrillera, por ajustarnos) puede convertirse una institución que debería repartir ocio, espectáculo, arte e ilusiones en un chiste con patas. Si no había suficiente con todo el follón de la Ley Sinde, allá que va un académico involucrado en el pirateo de películas todavía sin estrenar

Siempre hemos dicho lo mismo respecto a este tema: las copias colgadas en internet y luego usadas para generar descargas salen de las productoras, igual que los discos de música. Alguien de dentro les roba los originales para venderlos de tapadillo. En lugar de criminalizar al usuario, que busquen al académico, ejecutivo o pinche de cocina del estudio que roba los originales para venderlos al mercado negro. Manda narices que maten al pobre pajarillo que come alpiste mientras el halcón sigue subido en el tejado partido de risa. Por supuesto que el usuario es culpable de querer las cosas gratis y sin pagar, culpable de no tener educación de mercado, pero ¿esperaban otra cosa de los españoles, un país acostumbrado a la picaresca, a sobrevivir, a ser más fenicios que el rey de Tiro y de Cartago?

La cuestión es que ya no pueden pasar más cosas... bueno, Bigas Luna, el director de cine con el síndrome del destete temprano más acusado de los últimos años, quiere ser presidente de la Academia. A correr todos. Y mientras tanto, siguen sin darse cuenta de algo muy simple, y que les ha demostrado 'Torrente 4': la gente quiere ver otro tipo de cine, que no sea todo más de lo mismo. Buena parte del desprestigio del cine español viene de su incapacidad para conectar con las masas, algo que hace muy bien otro tipo de visión como la americana, incluso la francesa o la británica. Aquí siguen con el cliché metido desde las escuelas de cine y teatro hasta las administraciones, de que todo debe ser realista, humano, común, de la calle... Ni una sola de las grandes obras que han marcado nuestra cultura, o incluso otras, son historias normales de gente normal. No se trata de ser tan zafios como Santiago Segura, pero sí de encontrar historias que rompan lo cotidiano, que ofrezcan algo más que un espejo de la vida real. Y lo lamentamos por todos aquellos que caminan por esa senda: ese tiempo ya pasó, y cada intento por perpetuar esas formas sólo echan más tierra sobre el cofre del muerto. 

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