domingo, 25 de septiembre de 2011

El hedor de lo rancio


Alguien en Asturias parece haber decidido torpedear a toda costa el legado cultural moderno que tiene ese peculiar rincón del norte. Sólo los descreídos y los ingenuos creen en las casualidades, y parece muy obvio que los frágiles nuevos amos del Principado (gobiernan en minoría, a saber si terminan la legislatura), los hidalgos de Paco Cascos, han decidido pasarle la factura ideológica a muchos inventos: la Laboral, la Semana Negra de Gijón, y ahora el Centro Niemeyer de Avilés. En Oviedo no tendrán que pasar la guadaña porque allí no ha habido nunca demasiado que ver, la verdad, arquitectura aparte. Según una noticia de hace algunos días, una auditoría interna del gobierno autonómico ha detectado muchos gastos sin justificar en la construcción del centro. ¿Ah, pero te sorprende?

















Los pufos de la construcción son muchas veces un mal menor en pos de algo mucho más grande: seguro que Tutmosis IV hizo ingeniería contable para construirse un palacete nuevo en Tebas, o los faraones anteriores para edificar Gizeh, y qué decir de los romanos, que elevaron la corrupción urbanística al grado de arte (su sangre corre por las venas de medio Levante español). Sin embargo, algo nos dice que detrás de una sospecha tan grande hay una intencionalidad mayor: triturar a la izquierda allí donde respire, o mejor dicho, que la izquierda española es profundamente imbécil, se trata de "quitar de en medio cualquier cosa que piense y actúe por sí misma y que no podamos controlar o sojuzgar". En España los partidos gobiernan como si fueran duques medievales; más de 30 años de democracia no han servido para que nadie aprenda la lección de que no se debe machacar la inteligencia y que hay que dejar libre al personal, porque al pensar de forma independiente suelen tener mejores resultados.

En España hubiera sido imposible un Leonardo da Vinci, ni un Bill Gates, y mucho menos un niñato como Zuckerberg, que habría sido pasto de risas y burlas del resto de empresarios. Huele muy mal lo del Niemeyer, huele a pufo político, huele a que quizás el anterior gobierno metió más dinero del que debía y sin justificar, huele al rancio hedor de lo bienpensante que durante tanto tiempo ha castrado culturalmente uno de los países con mayor banco de talento de Europa. Los bárbaros siguen acercándose a los muros. Si en el norte han hecho esto, qué no harán cuando tengan el poder real del centro. O no, vaya usted a saber...


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